Mañana de papeleos. Bueno, digo mañana por decir algo, porque me he despertado casi a las 12, aturdida y un poco cansada. He decidido pedir un par de becas, de esas de la Generalitat que tienen fama de dar a dedo. Una, que no se cansa de que le digan que no. En fin que, entre otras muchas cosas, tienes que entregar un documento que acredite que estas empadronado en Valencia. Asi que me he vestido, he tomado un café rápidamente y me he bajado al parque, a la oficina del Ayuntamiento de Valencia que hay junto al gimnasio y las pistas. El edificio me encanta, un viejo chalet, con suelo de azulejos de barro, pintados en verdes y azules saturados.
Pero más allá de esto, la situación en la oficina se puede definir de cómica. Al entrar, una cola de más de diez personas esperando para realizar gestiones relacionadas con el padrón y sólo una persona para atenderlas. A la izquierda, dos funcionarias que aparente no hacen nada y que atienden las demandas de registro. Entró, a las 12.40, y pido turno. Rápidamente entablo conversación con la chica que va delante de mi. Es el segungo día que lo intenta. La primera vez fue al Ayuntamiento de Valencia, llevo sólo las fotocopias, sin los originales, y le dijeron que tenía que volver. Alguien le dijo que había una oficina en el barrio, así que hoy va a probar suerte aquí. Esta a punto de tirar la toalla e irse. Queda menos de una hora para que cierren y no tiene esperanzas de que nos atiendan. Finalmente se queda, total, por media hora. Pero parece que va a ser complicado. Delante nuestra, un matrimonio con sus dos hijos, que necesitan empadronarse para hacerse el DNI, una mujer china, una chica joven, un hombre mayor, un chico negro, una mujer de mediana edad y creo que eso es todo.
Al final, la charla cesa y pasa el siguiente. Son y veinte y le llega el turno a la chica que va delante mia. ¿Me dará tiempo? Parece que se entretienen. ¿Le faltará algo? Deseo que no. Y veinticinco. Se levanta ella y cuando parece que porfin me toca llega el hombre. Ese que se había ido a por los papeles que le faltaban. El funcionario se pone manos a la obra y descubre que los niños estaban empadronados y que no hacian falta los papeles que traía. Terminan en un par de minutos y me llega el turno. Me resulta difícil describir la atmósfera que se respiraba. Una mezcla de tensión y esperanza, también risas provocadas por las situaciones que se habían ido sucediendo.
Ni siquiera me siento, le digo lo que necesito rápidamente, después de decirle buenos días. Detrás mía quedan unas cuatro personas. Una adolescente que necesita los papeles para ir al instituto y dos o tres personas más. Me gustaría que, al menos, le diera tiempo a la chica. Ha esperado casi tanto como yo y seria justo.
Mientras imprime lo que necesito comienza a hablarme. Al funcionario le parece increible que el hombre haya tardado sólo 10 minutos en ir y volver a la calle Sagunto. “Habra conducido como un loco”, me comenta. “Lo siento –le digo- hemos pactado que no le daríamos conversación”. “Pues a mi ahora me apetece hablar”. “Se que esta cansado, pero quedan sólo tres personas y estaría bien que les diera tiempo”, le contesto mientras me levanto con los papeles en la mano. Pasa la siguiente, le deseo suerte. Salgo a la calle y me prometo a mi misma que mañana madrugare. Tengo que ir al Servef. Ya saben, a por papeles para la beca.



